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acueducto 6 特集「マリオ・バルガス=リョサ氏来日」

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Encuentro con Vargas Llosa


Josefa García Naranjo

 6月24日京都外国語大学でのマリオ・バルガス=リョサ氏との出会いを生涯忘れることはない。その日、偉大な作家である彼が放つ雰囲気は我々を魅了し続けていた。

¡Cómo describir con las justas palabras lo que sentí en la tarde el día 24 de junio, sentada en un aula de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kioto! Tarea nada fácil y seguramente fallida. Pero considero una obligación moral compartir todos mis sentimientos y lo que allí dijo nuestro admirado don Mario Vargas Llosa.

La sala estaba repleta. La mayoría de los asistentes había estado ya durante casi tres horas hablando sobre el Nobel y comentando la importancia de su obra en la Nueva gramática de la lengua española. Pero ni el calor bochornoso que nos acompaña insistentemente en estos días en la ciudad de Kioto, ni el cansancio por el trabajo previo hicieron decaer los ánimos y la expectación del público ante la inminente llegada del escritor. Se podía palpar la emoción, ¿o quizás estoy trasladando a todos los presentes el nerviosismo que me invadía a mí? De cualquier manera, fueron unos minutos muy largos. Observaba el telón granate que cubría el escenario, para hacer aún más emotiva su llegada.

Se anunció por fin el comienzo del gran momento. El silencio fue inmediato. Las cortinas se abrieron poco a poco y tras ellas apareció sentado el escritor hispano-peruano. Un hombre corpulento, y quizás más envejecido de lo que esperaba, pero con una cara amable y una sonrisa tan especial que llegó a todos de inmediato. Los aplausos lo hicieron levantarse.

Y comenzó a hablar: su voz, tranquila, sosegada, clara, musical, armoniosa… la locuacidad, la dulzura y el ritmo de sus palabras no decayeron en ningún momento.

Comenzó agradeciendo su invitación a Tokio y a Kioto Gaidai e inmediatamente aclaró que iba a hablar del español a partir de su experiencia de escritor, “no quiero hablar como lingüista, sino como escritor, alguien que utiliza el español para contar historias”.

No voy a resumir aquí el contenido de su conferencia, pues de eso ya se ha hablado y escrito suficientemente. Quiero intentar trasmitirles los sentimientos que experimenté durante su visita. Por ello, lo siguiente que me sorprendió es cómo respondió a todas las preguntas con las justas palabras. Me di cuenta de que los buenos escritores también nos ofrecen pequeños relatos cuando hablan. Cuando contestó, demostró tal compostura y agilidad que tuve que contenerme para no soltar un ¡olé! Tan solo esbocé una sonrisa de complicidad.

Y justamente la sonrisa, su tranquila y sincera sonrisa fue lo que no faltó durante los instantes en que la señorita Rie Susuki recitó de memoria algunos fragmentos de su obra Cartas a un joven escritor. Percibí que estaba emocionado. Nada más terminar ella, se levantó y se acercó a felicitarla. El buen sitio desde el que lo estaba viendo hizo posible que entre los aplausos del público pudiese escuchar las palabras que le dijo a la alumna de Kioto Gaidai. “Muchas gracias. Te quedó muy lindo”.

Unos momentos de reposo, un tiempo para asimilar las intensas vivencias. Sin embargo, solo era el principio. En una sala se le ofreció al Premio Nobel el Doctorado honoris causa por la Universidad de Kioto Gaidai. No estuve presente, pero observé de cerca su entrada a la sala donde se había preparado un cóctel. Verlo vestido con la toga de la universidad, a la que tengo el honor de pertenecer como profesora invitada, fue también un instante que nunca olvidaré. ¡Qué apuesto, don Mario!, si se me permite el atrevimiento.

Por supuesto que se empezaron a aproximar a él los invitados al acto. En todo momento demostró una energía y un entusiasmo tales que no atisbamos ni un ápice del lógico cansancio que tendría tras el largo viaje que estaba realizando por Asia. Accesible, educado, amable, cariñoso, siempre dispuesto a posar para la foto que todos querían…

Yo llevaba un libro para que me lo dedicara si encontraba el momento. Pero decidí no sacarlo ante la avalancha de trabajo que se le vino encima: fotos, dedicatorias, saludos, presentaciones, regalos, más fotos, más gente, entrevista no programada,… No quería agotarlo, me consideraba ya satisfecha con haberlo conocido y poderlo observar desde donde estaba.

Qué amabilidad, qué humildad la suya, qué predisposición, qué atención. Con toda esa gran obra a sus espaldas y con toda una vida dedicada a hacernos disfrutar con sus ficciones y reflexiones, no alardeaba ni se las daba de ser nada ni nadie en ningún momento. Prestó su atención a todos y cada uno de los allí presentes y lo hizo sin perder en ningún momento la sonrisa con la que lo recordaré el resto de mi vida. Nos atendió con una mirada viva y atenta, que dejaba claro que le interesábamos, que éramos los protagonistas de su historia.

Una mirada y una sonrisa entre compatriotas en tierras lejanas hizo que su biógrafo, el escritor canario Juan José Armas Marcelo, se acercara a mí y me preguntara: “¿Y tú de dónde eres?” Empecé a hablar con él y disfruté mucho de su humor y de su conocimiento de la cultura latinoamericana. Fue él quien me animó a acercarme a Vargas Llosa para pedirle el autógrafo: “No te quedes con las ganas, a él no le importa”. Lo hice y me acerqué. La charla fue de lo más natural y amena, aunque corta, porque no quise abusar de su tiempo y tampoco privar de su momento a las personas que aún no lo habían saludado. No obstante, fue suficiente para poder confirmar lo que hasta ese momento había intuido desde la distancia: se trata de una persona con la humildad que sólo saben transmitir los verdaderos grandes personajes de la cultura, un gran hombre.

Después de esto tuve la oportunidad de hablar otra vez con el señor Armas Marcelo. Se nos unió en algún momento la mujer de Vargas Llosa. Disfruté de sus historias y me sentí como si estuviera entre amigos de toda la vida. Extraño, ¿verdad? Muchas veces olvidamos que los grandes genios tienen las mismas necesidades y los mismos intereses que nosotros. Pensamos que no estamos capacitados para hablar con ellos y pasar el rato agradablemente. Con el corazón abierto, todo es armonía. Así lo sentí.

Mil gracias a todos los que me han permitido conocerlo. Nunca lo olvidaré.

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